
Todo
lo que alguna vez
se comulga
termina por ponernos
de rodillas:
en nuestro discurso
está la voz
que nos condena;
en nuestro silencio
el motivo de la absolución.
Ésta es la metáfora del tiempo:
acabarás mordiendo
tus talones
y desconociendo ante el espejo
la escritura de tu rostro.
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